
Hace unos días leí un interesante trabajo de una alumna de nuestra escuela, psiquiatra de profesión, en el que cuestionaba la utilidad del diagnóstico, en su caso, del diagnóstico psiquiátrico. La alumna concluía que sí, que es útil, siempre que tenga “una dimensión nueva, relacional, dinámica, viva, lejos del estatismo y del dogma”. (Amaia Orbegozo. Trabajo de comentario del libro de J.L. Linares “Terapia familiar ultramoderna”, Herder, Barcelona, 2012).
Ese modelo diagnóstico nos acerca al que podemos hacer en Terapia Familiar Sistémica (TFS). Sin embargo, su utilización no ha estado exenta de polémica. Desde su inicio, y aún en la actualidad, nos encontramos entre los terapeutas sistémicos con posturas contrapuestas acerca de su empleo. Así, están los que utilizan los diagnósticos psiquiátricos tradicionales sin complejos y, en el extremo opuesto, quienes rechazan cualquier diagnóstico por simplificador, alegando que cada caso es diferente, y que cualquier sistema es la mejor explicación de sí mismo. Entre ambos, aquellos que se esfuerzan por desarrollar un lenguaje sintomático sistémico, que describa con claridad las disfunciones relacionales, que pueda sustituir al de la psicopatología tradicional, con el fin de configurar un diagnóstico propio de la TFS, que sea, como señala nuestra brillante alumna, nuevo, relacional, dinámico y vivo, alejado del estatismo y el dogma.
Pero, más allá de esta polémica, podemos preguntarnos si merece la pena empeñarse en esta tarea. ¿Es útil diagnosticar en el contexto de la TFS? ¿Merece la pena hacer un esfuerzo para desarrollar entidades diagnósticas específicas de la TFS, o es este un esfuerzo inútil, e incluso contraproducente?
La pregunta sobre la utilidad del diagnóstico en la TFS es compleja, y sus respuestas pueden variar dependiendo de diferentes perspectivas y contextos. Por un lado, el diagnóstico puede ofrecer un marco de referencia para comprender y abordar los problemas de la familia o de los individuos dentro del sistema familiar. Proporciona un lenguaje común que puede facilitar la comunicación entre los profesionales y brindar orientación para el tratamiento.
Sin embargo, es importante considerar que el enfoque de la TFS se centra en comprender las interacciones y los patrones relacionales dentro del sistema familiar, en lugar de centrarse en diagnósticos individuales. Se enfoca en las dinámicas familiares, las estructuras jerárquicas, las narrativas compartidas, la calidad de la comunicación, los ciclos de interacción, la funcionalidad del sistema familiar para proteger a sus integrantes y obtener sus objetivos, no en los síntomas individuales o los trastornos específicos. Por lo tanto, el desarrollo de entidades diagnósticas específicas de la TFS solo será útil en la medida en que reflejen y se ajusten mejor a los principios y conceptos fundamentales del modelo.
Si lo hacen, esta labor diagnóstica puede ayudar a los terapeutas familiares a conceptualizar y abordar los problemas desde una perspectiva propia, evitando la patologización excesiva de las experiencias familiares normales y reconociendo la diversidad de contextos culturales y sociales en los que operan las familias.
Por otro lado, existe el riesgo de que los diagnósticos específicos de la TFS puedan simplificar en exceso la complejidad de las experiencias familiares y limitar la flexibilidad y la creatividad del terapeuta en el desarrollo de tratamientos no estandarizados y adaptados a cada caso concreto.
Los esfuerzos por desarrollar este lenguaje diagnóstico propio han sido muchos y variados desde el inicio de la TFS. Por señalar algunos, podemos destacar el doble vínculo del Grupo de Bateson, la escala de diferenciación del self de Bowen, la triangulación perversa de Haley, el continuum aglutinado-desligado de Minuchin, el cisma y sesgo marital de Lidz, la pseudomutualidad de Wynne, la familia multiproblemática, la patología de la desvinculación de Cancrini o la interacción entre conyugalidad y parentalidad de Linares. Pero a pesar del gran esfuerzo creativo y descriptivo que supone cada uno de estos diagnósticos relacionales, ninguno ha podido zafarse de la utilización paralela del lenguaje psicopatológico tradicional como manera de entender a lo que se refiere cada una de las propuestas.
En resumen, la pregunta sobre la utilidad del diagnóstico en la TFS y la posibilidad de desarrollar entidades diagnósticas específicas es un tema importante y complejo que merece ser explorado y discutido. Es fundamental considerar tanto los beneficios potenciales como los posibles riesgos y limitaciones de utilizar el diagnóstico en el contexto de la TFS, manteniendo siempre en mente el objetivo último de mejorar la intervención psicoterapéutica, promoviendo la salud y el bienestar de las familias y sus integrantes.
