La curiosidad en general tiene mala prensa. A pesar de que la primera acepción del Diccionario de la Real Academia la define como el “Deseo de conocer lo que no se sabe”, predomina la segunda definición: “Deseo de saber lo que no nos concierne”. Bien es verdad que ha tenido y tiene grandes defensores.

Einstein decía de sí mismo “no tengo talentos especiales, pero sí soy profundamente curioso”. Pero también grandes detractores como Pascal. “Una de las principales enfermedades del hombre es su inquieta curiosidad por conocer lo que no puede llegar a saber” o Montaigne: “la curiosidad de conocer las cosas ha sido entregada a los hombres como un castigo”.
El refranero también condena la curiosidad: “la curiosidad mató al gato” o “si orejas curiosas no hubiera, malas lenguas no existieran”. Suele hacerse un esfuerzo por distinguir entre una curiosidad “natural” y una curiosidad “mórbida”. Esta última se asocia al “cotilleo”, a “husmear” en asuntos ajenos, mientras que la primera se relaciona con el deseo de saber, de aprender “con buen fin”. GianBattista Vico definía muy bien esta ambigüedad al decir que “la curiosidad es hija de la ignorancia y madre de la ciencia”.
En nuestro campo fue Gianfranco Cecchin el que introdujo el concepto de Curiosidad en su artículo: “Hynothesizing, circularity and neutrality revisited: an invitation to curiosity” (Family Process, 1987, 26, 4: 405-413). Cecchin, un terapeuta genial, con ideas a menudo “irreverentes”, hace una crítica del célebre artículo de la Escuela de Milán, especialmente del concepto de “Neutralidad”, proponiendo sustituirlo por el de “Curiosidad”.

En lugar de pretender la neutralidad, algo inalcanzable, que se había asociado a “no implicación”, cree que es inevitable que el terapeuta interferiera en el sistema. Y la manera de mantener una posición ética y estética es la de mostrarse curioso: querer saber cómo funciona la gente, sin juzgar qué está bien o mal, manteniendo siempre un gran respeto por cómo es y cómo funciona el sistema familiar.
A mi entender, la curiosidad es una gran herramienta terapéutica. El terapeuta debe transmitir a sus pacientes que le interesa lo que le están contando. Que cada cosa que digan va a ser escuchada con atención. Que cada caso es una novedad, y que cada historia es apasionante.
Si el terapeuta tiene realmente esa curiosidad, ese deseo de saber, de escuchar las historias que nos cuentan, ese afán por conocer lo que no sabe, tendrá mucho ganado. El terapeuta debe transmitir a la familia que le interesa lo que les pasa, que desea saber cómo se relacionan, que le apasiona entender cómo se las arreglan para funcionar. Si es capaz de hacerlo, la familia responderá a ese interés, alimentará la “curiosidad terapéutica”, y colaborará en la búsqueda de historias alternativas que permitan un buen funcionamiento. Todo ello, como señala el maestro Cecchin, dentro de una ética sistémica.
Es indudable que hay una curiosidad innata. Pero también es cierto que la curiosidad terapéutica debe fomentarse durante la formación. El profesor, el supervisor, tiene que esforzarse en transmitir al alumno que cada persona, cada caso, cada familia, cada historia es distinta, es un apasionante desafío al que el terapeuta debe responder con la máxima atención, con todo su interés, en definitiva, con curiosidad.
Bilbao
Roberto Pereira

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