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diciembre 2012

    Libros y artículos

    Irène Némirovsky y el Mito de la buena madre

    27 de diciembre de 2012

    Irène Némirovsky nació en Kiev, en 1903, hija única de una rica familia de origen judío, que huyó de la revolución rusa en 1917, y se instaló en París, donde Irène estudió Letras e inició una carrera como escritora en 1929. Su carrera literaria fue brillante, y hasta el estallido de la 2ª guerra mundial publicó anualmente novelas que tuvieron un gran éxito de crítica y público. En 1942 fue deportada a Auschwitz, donde murió el mismo año. Tras su muerte, su obra cayó en el olvido, del que no salió hasta hace unos pocos años, tras la publicación de su obra póstuma e inconclusa, Suite Francesa, en la que relata primero la huída de París ante la llegada del ejército alemán, y después la vida en una población rural, y la adaptación a la ocupación nazi.

    Suite Francesa tuvo un éxito extraordinario, y pronto fue traducida a numerosas lenguas. En España la publicó en 2005 la Editorial Salamandra, sólo un año después de su publicación en Francia. Fue recibida con tanto interés, que la misma editorial ha publicado nada menos que 10 títulos de la autora en los últimos 8 años. Entre ellos, una interesante novela sobre un médico que dispuesto a triunfar a toda costa, termina por ser un reputado psicoterapeuta en el París de los años treinta del pasado siglo, El Maestro de Almas.

    Pero hay otra característica interesante en la obra de Némirovsky, que aparece reiteradamente, y forma el cuerpo central de al menos tres de sus novelas: El Vino de la Soledad, El Baile y Jezabel. El nudo de estas tres novelas (una de ellas un cuento largo, en realidad), es el conflicto entre una madre desnaturalizada, egocéntrica y distante, y su única hija, a la que martiriza o desconfirma. Se trata, sin duda, de una utilización autobiográfica de la relación de la autora con su madre, con una base real, tal y como lo relata la escritora Myriam Anissimov en el Prólogo a la Suite Francesa: “Su madre, la había traído al mundo con el mero propósito de complacer a su acaudalado esposo. Sin embargo, vivió el nacimiento de su hija como una primera señal del declive de su femineidad, y la abandonó a los cuidados de su nodriza. Fanny Némirovsky experimentaba una especie de aversión hacia su hija, que jamás recibió de ella el menor gesto de amor. Se pasaba las horas frente al espejo acechando la aparición de arrugas, maquillándose, recibiendo masajes, y el resto del tiempo fuera de casa, en busca de aventuras extraconyugales. Muy envanecida de su belleza, veía con horror cómo sus rasgos se marchitaban y la convertían en una mujer que pronto tendría que recurrir a gigolós. No obstante, para demostrarse que todavía era joven se negó a ver en Irène, ya adolescente, otra cosa que una niña, y durante mucho tiempo la obligó a vestirse y peinarse como una pequeña colegiala” (M. Anissimov , Prólogo a Suite Francesa, Salamandra, Barcelona, 2005, p. 13).

    Esta descripción de una madre narcisista que sólo ve en su hija una amenaza a su deseo de mantenerse siempre joven y bella, es la base inicial de la trama de Jezabel, en la que la madre es la protagonista absoluta de la novela, y la hija está en un segundo plano. El conflicto aparece con más claridad en El Baile, y sobre todo en El Vino de la Soledad, en la que la odiada madre no sólo no muestra afecto alguno por su hija, sino que le quita el que le entregaba su institutriz, a la que acaba despidiendo.

    La escritora utiliza sus novelas para vengarse de esa madre terrible:“Las uñas de Bella brillaban a la luz; redondas y abombadas, acababan en una afilada punta, como los extremos de una zarpa. En sus raros momentos de maternal ternura, cuando estrechaba a Elena contra el pecho, sus uñas casi siempre arañaban la cara o el brazo desnudo de su hija”. Su venganza reside además en la trama de la novela: dejando en un monumental ridículo a su madre en El Baile, arrebatándole el amante y haciéndole ver que su juventud ha desaparecido en El Vino de la Soledad, o de manera más dramática en Jezabel, condenándole al extrañamiento social y a la cárcel.

    El mito de la buena madre

    Nuestra cultura asume con naturalidad el mito de la buena madre. Con raíces básicamente judeo-cristianas, la madre representa el amor incondicional, dispuesto a cualquier renuncia por los hijos (la madre salomónica), incluyendo su sexualidad (la virgen María) y su vida de pareja, entregándose plenamente a la maternidad, cuidando y protegiendo a sus hijos de todo mal, entre los cuales se incluye a menudo a los padres, e incluso a los propios hijos. Este mito, que indudablemente se asienta en una base de amoroso cuidado de la prole, no resulta fácilmente atacable. Así, cuando la literatura quiere presentarnos a madres desnaturalizadas, es decir, que no ejercen ese esperado amor incondicional y sacrificado, echa mano de las madrastras, a las que, ahora sí, se les puede atribuir todo tipo de maldades.
    Aún así, hay ejemplos de descripción de malas madres en los mitos (griegos, eso sí, cultura no tan “maternal” como la judeo-cristiana, que nos presenta a una Medea que mata a sus propios hijos para causar daño al padre, Jasón, que la ha abandonado), o en el arte: la shakesperiana Gertrudis, madre de Hamlet, la lorquiana Bernarda Alba, Norma Bates, la madre de Norman, protagonista de “Psicosis” (más malvada en la novela de Robert Bloch que en la película de Hicthcock), la terrorífica madre de “Carrie”, de Stephen King, la galdosiana “Doña Perfecta”, la mamá Elena de «Como agua para chocolate» de Alfonso Arau, o la madre de “Precious” Jones, la protagonista de «Push» novela de Sapphire llavada al cine por Lee Daniels. Madres terribles, todas ellas, pero de presencia realmente anecdótica si la comparamos con la de madres buenísimas y sacrificadas. Por eso nos continúa chocando cuando nos encontramos con las historias de Némirovsky o con las esculturas de arañas monstruosas de Louise Bourgeois, que responden al título de “Madre”.

    Pero, los que nos dedicamos a trabajar con familias con problemas, sabemos que las “madres disfuncionales” no son infrecuentes. Que no son raras las madres egocéntricas y narcisistas, con un tratamiento “utilitario” de los hijos, para tratar de conseguir la atención de la pareja, el distanciamiento de los propios padres, una estabilidad o al menos un apoyo económico. O que cuando es necesario, usan a los hijos como moneda de cambio o, como Medea, para hacer daño a sus cónyuges. Este no es, naturalmente, un atributo femenino, también hay padres que hacen lo mismo. Pero por lo general no están investidos del aura de bondad mítica que poseen las madres. Y se trata de un mito que no resulta fácil de atacar y desmontar, aún cuando la conducta diaria evidencie con claridad que, “el amor maternal” no es ni universal ni infinito, sino que en muchas ocasiones es limitado e incluso dañino.