Resiliencia en una Familia Reconstituída: a propósito de un caso

Hace unos años, trabajando en un Centro de Salud Mental, me llegó un caso que me hizo entender la dificultad de hacer pronósticos en Psiquiatría. Años más tarde, me hizo interesarme por los factores de resiliencia familiar.

Consultó una chica de 18 años, remitida por la especialista en dermatología, con un problema de “alopecia areata de varios años de evolución”. Era la mayor de tres hermanas ( una hermana de 16 a. y una hermanastra de 11), y vivía con el padre y una madrastra. 1

Cuando la paciente tenía 3 años, y su hermana 1, su madre se suicidó, estando sola con sus hijas en casa. Se ahorcó con un cinturón atado a la manilla de una puerta, de manera que el cuerpo quedaba a la altura del suelo. Al menos transcurrieron 90 minutos hasta que un familiar, alarmada porque no abrían la puerta, a pesar de que oía llorar a las niñas, avisó a una vecina que tenía llave, y entraron a la casa.

Podemos imaginarnos episodios más traumáticos, pero en cualquier caso éste es de la suficiente entidad como para que ningún psiquiatra o psicólogo hubiera predicho que, sin duda ninguna, esta situación iba a producir daños estimables en el psiquismo de estas dos niñas.

A la primera entrevista, la paciente acudió sola. Arreglada y adecuada, no refería graves problemas psíquicos. Tenía este molesto problema de la alopecia, que procuraba disimular con el peinado, y que a veces le producía más molestias que otras porque iba cambiando de sitio y de tamaño, pero que no le había impedido hasta entonces hacer una vida normal. Había estudiado formación profesional (concretamente Peluquería), y no abía pensado consultar con un psiquiatra o psicólogo por ese problema, aunque admitía de buen grado que podía tener relación con la muerte de su madre. Había estado en tratamiento psicoterapeútico individual poco tiempo antes, durante unas pocas sesiones, pero no le había ido bien y lo había dejado. Le angustiaba hablar de su madre biológica, pero no eludía hacerlo. Tenía novio, y refería unas buenas relaciones familiares así como con las compañeras de trabajo, que le gustaba mucho.

No señala antecedentes médicos o psiquiátricos, personales o familiares, de interés. Respecto a la alopecia, cuenta que le comenzaron a salir placas de calvicie que le cambian de sitio, desde unos meses después de la muerte de la madre. Con la pubertad empeoró el cuadro, aumentando el tamaño y el número de las placas. Ha seguido numerosos tratamientos sin resultados positivos. Todos le han dicho lo mismo “es una alopecia areata y el problema es de los nervios”.

1.-La entrevista inicial la realizó un residente que estaba haciendo una rotación en nuestro centro, y cuando me relató verbalmente el caso, no me refirió ningún suceso traumático, aunque había constatado que el pelo se le caía desde los 4 años, aproximadamente. “¡Que raro!”, le comenté. “Cuando a alguien se le empieza a caer el pelo a esa edad, normalmente va asociado a algún acontecimiento traumático. Déjame ver la historia”. Comencé a leerla, y efectivamente, allí estaba el suceso traumático, anotado por la propia mano del residente. Al parecer le había impactado tanto, que lo había olvidado inmediatamente.

Tras la entrevistas inicial, se concertaron otras familiares, a las que asistieron las hermanas mayores, el padre y la madrastra. En total tuvieron lugar un total de seis sesiones familiares. En ellas se habló sobre todo del suicidio de la madre, se aclararon algunas dudas que tenían las hijas, se informaron bien de lo ocurrido (incluso revisando los periódicos de esas fechas, que se habían hecho eco del asunto), y se exploró el funcionamiento familiar. Tras estas entrevistas, en las que se constató una mejoría en la paciente y en el conocimiento y comunicación en torno a la muerte de la madre, se planteó la posibilidad de continuar profundizando sobre todo ello, o dejarlo en ese momento. La paciente reflexionó, lo discutió con la familia, y decidió no continuar. El resto de la familia estuvo de acuerdo.

Se observó un sistema familiar con un buen funcionamiento. El padre, hombre sencillo y algo primitivo, mantenía una relación de evidente afecto con las hijas, bastante permisiva pero sin llegar en ningún momento a desentenderse de ellas. Había permitido que su nueva esposa, que se llamaba igual que la primera, y con la que se casó menos de dos años después de su muerte, se introdujera en esa relación, e incluso jugase un papel más normativo que el suyo, sin el rechazo de sus hijas. Éstas le llamaban madre.

La segunda hermana era de carácter más tímido que la primera, y se benefició más de la información en torno a la muerte de su madre, ya que tenía menos datos. Estaba estudiando, y hasta la fecha no había mostrado nunca problemas. Se llevaban bien entre las hermanas, y habían recibido contentas a la hermanastra pequeña, a quien llevaban 7 y 5 años, respectivamente.

La madrastra era una mujer de carácter, pero sin aristas, amable y atenta. Supo muy bien donde se metía desde el principio. La relación con su marido era de cierto maternaje, y con las hijastras adecuada, cordial, y respetuosa. No eludía hablar de las dificultades de la crianza, y de que aunque quería a sus tres hijas, su hija biológica tenía un especial significado para ella.

La familia había continuado teniendo una estrecha y buena relación con la familia de la madre biológica. Las hijas se habían ido a vivir con la abuela cuando la madre murió, hasta que el padre se casó, dos años después. Después, las dos hermanas continuaron acudiendo a comer a casa de la abuela al menos una vez por semana, aunque al parecer estas comidas siempre acababan con ésta llorando, aún varios años después. La abuela había dado el visto bueno al nuevo matrimonio del yerno, tras informarse sobre la bondad de la candidata, y mantenía una buena relación con la nueva Begoña, a la que había insistido en que las nietas le llamaran madre.

No habían hablado apenas del suicidio de la madre y de todo lo que rodeó a este suceso. El padre especialmente había evitado hacerlo, y de hecho, fue la madrastra la que informó a las hermanas de lo ocurrido, ante las preguntas de éstas por los comentarios de las compañeras en el colegio, sin entrar en muchos detalles. Sin embargo, fue el padre quien ya en la primera mitad de la primera entrevista abordó el tema, y a partir de ese momento se habló sin tapujos de su muerte, resultando unas sesiones muy ricas en contenido, pero de una gran emotividad. Se habló entre otras cosas de cómo el padre había sufrido no sólo por el impacto de lo ocurrido, sino también por la “maledicencia” de la gente, con comentarios acerca de su conducta y problemas en la pareja como causa inmediata del suicidio ( al parecer la madre había dejado una carta suicida en la que exculpaba al marido, pero se había quedado la policía con ella y no la pudieron recuperar), y pudo expresar el enfado que tenía con ésta por suicidarse y dejarle con dos niñas pequeñas. Se habló también del temor a la posible “herencia” de esta conducta, especialmente por la hermana mayor, que era “muy parecida” a su madre.

Tras las entrevistas no se objetivaban graves motivos de preocupación, y aunque pensaba que les vendría bien unas sesiones más, no me pareció inadecuada la decisión de la paciente de no continuar profundizando. Ésta había mejorado, y se acordó que en el momento en que aparecieran problemas de nuevo volverían a acudir.

Durante varios años no tuve noticias de la familia, aunque varias veces a lo largo de ese tiempo hube de reprimir el impulso de llamarles para saber cómo iban las cosas. Finalmente, 7 años después de estas entrevistas, pidió consulta el padre.

Acudió acompañado de su mujer, presentando un cuadro leve de ansiedad y consumo moderado de alcohol, relacionado con dificultades laborales: trabajaba de manera autónoma como panadero, y estaba a punto de tener que cerrar la panadería y quedarse sin medio de vida, y con escasas posibilidades de encontrar un nuevo empleo, dada su edad. No parecía tener problemas económicos graves, y pronto se vio que la solicitud de tratamiento tenía que ver tanto con la ansiedad que sentía por su situación, como con la esperanza de obtener una pensión por incapacidad. De cualquier forma, su consulta me permitía enterarme por fin de cómo les había ido durante esos años.

La hermana mayor continuaba trabajando como empleada en una peluquería, tenía planes para casarse en breve, se encontraba bien y era razonablemente feliz. Al parecer, los problemas de la alopecia no se habían vuelto a repetir. La hermana segunda había estudiado ingeniería, y en ese momento se encontraba haciendo un master en un país nórdico, gracias a una beca que había obtenido. La pequeña seguía en el colegio sin problemas, la madrastra estaba bien, y el padre también lo había estado hasta que surgieron las dificultades laborales. La abuela había muerto un par de años atrás, todos lo sintieron mucho, pero sin que se crearan complicaciones. En definitiva, las cosas iban bastante bien.

De ahí que surgiera la reflexión: ¿Cuáles fueron los factores que ayudaron a éstas niñas a superar el trauma del suicidio de su madre, al menos hasta la fecha?. Si entendemos como resiliencia la capacidad de resistencia y recuperación ante una circunstancia traumática, y como factores de resiliencia a los que aparecen como “favorecedores” de esa buena evolución, ¿Qué factores de resiliencia familiar habían actuado como protección al menos hasta ese momento?

Si pensamos en el caso como en el de una familia reconstituída, encontramos algunos factores considerados como protectores y de buen pronóstico para la reconstrucción familiar, y con otros que por el contrario serían factores de riesgo de una mala evolución.

Entre estos últimos tendríamos los siguientes:

- Cortos intervalos entre los matrimonios: las relaciones del padre con su nueva pareja comenzaron pocos meses después, y se casaron dos años después del suicidio de su primera esposa.

- Inadecuada elaboración del duelo: la escasa comunicación en torno a la muerte de la madre, y el temprano comienzo de la nueva relación del padre, hacen pensar en que el duelo no fue completo. Por otra parte las características de la muerte con la atribución social de culpa, y el morbo que la rodeó, hacen el duelo más difícil. Finalmente, las circunstancias especialmente traumáticas que rodearon a la muerte de la madre, sola con las hijas en casa, auguraban una especial dificultad en este aspecto.

- Sustitución de una madre por otra: el padre busca una mujer que se llama como la anterior (aunque muy distinta de forma de ser), que tiene claro que va a cuidar de las hijas de su marido, y a quien sus hijastras llaman madre, hacen pensar en que no se está pensando en crear una nueva familia, sino en sustituir a la madre en la familia anterior. Se añade a esto una circunstancia personal de la madrastra, mayor de cinco, que ya sustituyó a otra del mismo nombre: nació, dos años después, el mismo día en que había muerto, con 15 días, la que hubiera sido su hermana mayor, y que llevaba el mismo nombre.

Los factores que favorecerían una buena evolución son:

- La buena relación entre el padre y su nueva pareja, central en la construcción de una familia reconstituída

- La corta edad de las hijas: cuanto más pequeñas, mejor evolución.

- La autorización expresa del padre a su nueva esposa para ejercer un rol maternal, delegando en ella una buena parte de la autoridad parental. Escasa interferencia del padre en la relación directa entre madrastra e hijas.

- La espera de unos años para tener una hija de la nueva pareja, permitiendo la consolidación de la nueva familia.

- El mantenimiento de la relación con la familia materna, la buena calidad de ésta, la desculpabilización del marido como causante del suicidio de su hija, la autorización y apoyo por parte de la abuela materna al nuevo matrimonio de su yerno, y a la asunción del rol maternal por parte de la madrastra, son factores que parecen configurarse como de una importancia capital para entender la resiliencia de este sistema familiar.

Este apoyo se simboliza en la actitud de la abuela materna. Ésta acoge a las nietas mientras el padre está solo. Combate con su actitud y su conducta las atribuciones de culpabilización a su yerno, y da el Vº Bº a su nueva pareja. Una vez que se casan, permite la vuelta de las niñas al hogar paterno sin problemas, y estimula una relación maternal entre madrastra y niñas, sin perder en ningún momento la estrecha relación con éstas, ni con la familia completa.

Esta actitud, unida a la relación amorosa entre padre e hijas, así como en la nueva pareja, junto con la asunción del rol de cuidadora de la madrastra, y la adecuada relación establecida con sus hijastras, fueron sin duda los factores de resiliencia que protegieron a ésta familia de una peor evolución tras la trágica muerte de la madre.

Acerca de Roberto Pereira

Roberto Pereira es Psiquiatra y Psicoterapeuta Familiar y de pareja. Dierctor de la Escuela Vasco-Navarra de Terapia Familiar, y de Euskarri, Centro de Intervención en Violencia Filio-Parental. Jefe de la Unidad de Salud Mental de Santurce, Osakidetza-SVS Vicepresidente de la Sociedad Española para el Estudio de la VFP -Sevifip - y de Relates. Supervisor Docente acreditado por la Featf y la Feap. Supervisor
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2 respuestas a Resiliencia en una Familia Reconstituída: a propósito de un caso

  1. José dijo:

    Artículo muy interesante para los que estudiamos psicología, gracias.

    https://volverconellainfo.blogspot.com/?m=1

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